miércoles, 18 de abril de 2012
Hace poco leí que con 50 años habremos conocido, a lo largo de nuestra vida, a unas 20.000 personas. Haciendo una regla de tres, obtuve que un joven de 17 años habría conocido, aproximadamente, a 6.800 personas. Pongamos que la mitad de esas personas, es decir 3.400, son hombres y la otra mitad son mujeres, y supongamos que de esos 3.400, sólo un tercio están dentro del margen de edad en el que se incluyen todas las personas con las que podríamos tener una relación, es decir, descartamos dos tercios donde se encontrarían aquellas personas de las que nunca podríamos enamorarnos; familiares cercanos, ancianos, niños pequeños.. Nos queda 1.133'333, pero redondeando pongamos unas 1000 personas. De todas esas personas, nos enamoraremos de 1 sólo, estamos hablando de una milésima a parte, y a su vez, esa persona se enamorará de una sola entre 1000, de esta manera, la probabilidad de que la persona de la que uno se enamora sea precisamente la persona que se enamora de uno es, según las matemáticas; 1 entre 1000 x 1 entre 1000, lo que es igual, una posibilidad entre 1 millón. A si que, si se viera esa improbable situación de poder estar con la persona que quieres, si el destino ignorase 999.999 opciones y convirtiera esa única probabilidad que había entre 1 millón en un hecho, en una realidad, ¿qué sentido tendría no aprovecharla? ¿qué mas da lo que venga luego? ¿qué importa lo complicadas que sean las circustancias? Si lo más difícil, lo que tenia una sola posibilidad entre 1 millón, ya ha ocurrido.
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